miércoles, 22 de mayo de 2013

LAS CORRERÍAS DEL NIETO DE JUAN MONDIOLA: LA DOCTORA SEGUROLA.



¿Cómo le va tanto tiempo? ¡Qué casualidad encontrarlo acá, en el Margot! La noche está un poco fresca ¿no? ¿Me deja sentarme? La verdad estoy laburando mucho y además, tres veces por semana, me junto con Los Infernales del Arrabal. Pronto vamos a desempolvar varios tangos que han caído en el olvido. El tiempo que me sobra lo destino a un nuevo levante que se me ha presentado. ¡Qué churro! ¿Vió mi amigo? Yo nunca estoy a la violeta…
Le anticipo que el tema de los tangos marcha viento en popa. Con la orquesta, en breve, vamos a tocar, justo en esta esquina: “Unión Cívica”, “Baruyo en Barra”, “Don Lisandro”, “El Socialista” y “Don Leandro”.Tangos viejos, olvidados, arrumbados en algún baúl, dedicados a políticos que hicieron historia en nuestro país. Lo chamuyamos bastante al asunto y, tanto el que habla como Suela, Chiquitín y el Beto Marconi, yegamos a la conclusión que, si le pasamos la esponja a la historia, nunca se podrá saber para qué lado va a rumbear el país. A mi no me va a venir ningún pelafustán a hacerme el verso con la historia, dármela vuelta como a una media y contármela como a él se le de la gana. ¡No señor! Por eso, exhumar estos tangos crioyos es una cuestión de suma importancia pa’ la orquesta. ¡Una cuestión de honor!.
Yo ya le voy a chiflar cuando toquemos y se viene a escucharnos.
Voy a cambiarlo de tema. El fin de semana pasado fui bailar al salón de la caye José Mármol. Exactamente…ahí conocí al budín que le dije. Yo me puse mi mejor pilcha porque tenía el pálpito que iba a levantarme a un verdadero monumento. Como el frío daba leña, me yevé el lengue, mi saconia azul, el lienzo a rayas y un chamberguito que uso cuando toco con los muchachos. Todo bien de bute. Pichón Sandoval, vino conmigo.
Yegamos y me puse a gotanear con una francesa gorda que estaba haciendo turismo acá en Buenos Aires. Como la gorda me reventó el juanete en dos oportunidades, cambié la pareja. Apareció, entonces, una colombiana oriunda de la ciudad de Cartagena. Yevaba la biaba del Caribe pero al tango lo bailaba como si de una cumbia o un merengue se tratara. Cansado, me acerqué a la barra a refrescar el garguero y esperar que mi suerte cambiara un poco. Yo tenía un gran pálpito para esa noche. Lo que chupé en la barra parecía pajarita y me quejé por la mala calidad del alcohol que estaban vendiendo. Buscando algún quesito para morfarme, pego la vuelta y veo a la diva. ¡Qué quesito ni ocho cuartos! ¡Era una churrasca fenomenal! La mina no gotaneaba, directamente forcejeaba con un ñato en el medio del salón. ¡Mama Santa! Un corte y una quebrada y se fueron al suelo. Ni lerdo ni perezoso me aproximé a ayudar al bombón, porque el badulaque que tenía a su lado no daba pié con bola.
La chuchi me contó que el mersa con el que bailoteaba largaba por la boca una espusa insoportable. Cuando el fulano la abría para decir alguna zoncera, era como si tuviera un muerto ahí adentro. La caída no había sido otra cosa que el producto de aquel tufo desagradable que brotaba del ocasional compañero.
Milongueamos toda la noche. Era un placer bailar con aquel budín. Parecía la Ñata Aurora por lo bien que gotaneba. Toda la noche al compás del dos por cuatro con aquel churro. Me contó que se yamaba Paulina Segurola, que era abogada, bailarina exótica, amateur en las lides del tango, maestra en ceremonial, sommelier, estudiante de japonés y no se cuantas cosas más. Estaban tocando “A media Luz”, cuando empezamos con algunos mimos. Como el asunto se estaba poniendo acalorado, nos corrimos hasta la barra. La cachorra, me dijo, que se sentía cansada, que la amiga con la que había venido al bailongo una hora atrás se había ido con un ñato sin rumbo conocido. Pispié el reloj y eran las cinco de la matina. Dije para mi: "Este budín es papita para el loro". Me di vuelta un segundo y la Doctora Segurola se había rajado. Lo único que quedaba era una estela de su agua de colonia y una serviyeta con un teléfono.
¿Ve mi amigo? Yo soy un ganador. Y todo ganador sabe que la mejor manera de levantarse a una potranca es hacer que eya lo gane a uno. Lo demás viene luego por agregación.
¡Qué tarde se hizo! Gracias por el feca. La próxima  le cuento el resto.

Lorenzo Mondiola.

GLOSARIO

Laburar: Trabajar
Estar a la violeta: estar desocupado.
Chamuyar: Hablar.
Pilcha: Ropa.
Bien de bute: De gran calidad.
Saconia: Saco.
Lienzo: Pantalón.
Chupar: Tomar
Pajarita: Brebaje hecho por los presos con alcohol medicinal y frutas maceradas en él.
Lengue: Pañuelo anudado al cuello generalmente de seda de color blanco, que llegó a ser prenda masculina característica de los orilleros.
Espusa: olor nauseabundo.
Budín: Mujer atractiva
Churrasca: Mujer atractiva.
Quesito: Mujer atractiva.
Potranca: Mujer atractiva.
Churro: Mujer atractiva.
Chuchi: Mujer atractiva.
Morfar: Comer.
Gotanear: Bailar el tango.
Ñata Aurora: bailarina legendaria de tango en sus orígenes.
Ñato: persona.
Mersa: persona de baja estopa.
Pelafustán: vago, indeseable.
Matina: Mañana.
Rajarse: irse.
Levante: seducir a una mujer.
Feca: café al revés.

lunes, 8 de abril de 2013

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA. FINAL



I

Es el 29 de enero de 1872. El calor del verano resulta insoportable. Felicitas vuelve de comprar varias artículos para su boda. Está radiante. Ligera, se dirige a la biblioteca en su casa de la calle Larga.
Anselmo, uno de los criados de Albina Casares, la está esperando. Trae una carta para ella.  Ingresa en la biblioteca y por unos instantes Felicitas duda. Finalmente, resuelve abrirla. La carta está fechada ese mismo día.
“Querida Felicitas: Por fin he ganado la partida. Por años me robaste el afecto de Ocampo. Muy pronto, él y yo, dejaremos Buenos Aires para refugiarnos en Europa. Fui yo quien retuvo la correspondencia que, Enrique, por semanas te envió desde Montevideo. Fui yo quien delató su presencia en La Postrera. Fui yo quien urdió y ensambló cada pedacito de la compleja trama que ahora nos envuelve. No obstante, este mundo es demasiado pequeño para las dos. No habré ganado la guerra, querida amiga, si aún  revoloteas como un cóndor sobre la carroña. Esta es mi despedida final. Albina”
Felicitas Guerrero no puede dar crédito a lo que lee. Profundamente amargada, se deja caer sobre un sillón.
Repentinamente, alguien entra en la sala. Es Enrique. La furia corre por sus venas y Felicitas sabe que está perdida.



II

Un carruaje negro espera sobre la entrada de la calle Larga. Cuatro caballos, del mismo color que el coche, tiran de él. Albina los ha elegido especialmente. Como si fueran hijos de Janto y Balio, espera con alcanzar velozmente la ruta de San Isidro, después que Enrique mate a Felicitas. Cometido el crimen, Ocampo, deberá abrirse paso hasta el carruaje. Ambos huirán para siempre. Allí, en San Isidro, los aguardan para embarcar rumbo a Colonia del Sacramento y luego a Europa.
Albina está nerviosa. Con fanática paciencia ha urdido el arriesgado plan. Teme que la viuda de Guerrero no lea su carta.
Ocampo, exaltado como siempre, ha descendido del carruaje rumbo a la gran casona. Sabe que Felicitas está en ella pues la ha visto llegar, justo, un rato antes.
El calor se torna cada vez más agobiante.  En la biblioteca Felicitas Guerrero lee angustiosamente la carta que Albina le enviara. ¡Enrique jamás la había olvidado! Su antigua amiga, la querida Albina, en realidad, era su feroz rival. Apesadumbrada, se ha dejado caer en uno de los sillones. Abruptamente, la puerta de la sala se abre. Es Ocampo. Su rostro esta desfigurado por la ira y ha venido a cumplir la venganza de Albina. Felicitas procura explicar lo ocurrido. Agita la carta. Implora el perdón de Enrique. Todo cuanto hace o dice enfurece más a Ocampo. Desesperada, intenta escapar de la sala. Enrique saca un arma de su bolsillo y dispara. Felicitas cae mortalmente herida.
Enrique, atribulado, se dispone a huir. Violentamente irrumpen en el lugar, atraídos por el disparo, Cristian Demaría y el padre de Felicitas. Hay un forcejeo. Todo sucede en cuestión de minutos. Demaria toma su arma y le apunta a Ocampo. Enrique cae fulminado.
Una congoja inmensa invade la casa. Felicitas ha sido llevada a su habitación. Agoniza. Albina se ha deslizado por el lugar y recoge la carta que enviara a Felicitas. Los Guerrero levantan el cadáver de Enrique. Lo arrojan dentro del carruaje negro, ubicado sobre la calle Larga, y ordenan al cochero llevarlo al domicilio de su familia.

III
Son las diez de la noche del 29 de enero de 1872. El calor no afloja. El Dr. Modestino Pizarro ha revisado a Felicitas. La bala le ha perforado el pulmón derecho. Sabe que el fin de la joven está próximo. En su agonía Felicitas no cesa de preguntar por Enrique. Todos lloran. Finalmente, la vida de la Novia del Estanciero se extingue, entre espasmos, en las primeras horas del 30 de Enero de 1872.

IV

El día del entierro, la carroza fúnebre que llevaba a la familia de Felicitas Guerrero se cruza con la de la familia de Ocampo en la entrada del Cementerio de la Recoleta, donde hoy yacen ambos.

Sobre el hecho, dijo en su momento el Diario La Nación “El crimen de Barracas va a modificar notablemente nuestras costumbres sociales, y a producir una revolución en los salones. Deploramos el fin trágico de esa distinguida y virtuosa señora, víctima del furor de un hombre enamorado.”

Luego de los hechos, los padres de Felicitas, decidieron construir una iglesia en su honor en el mismo lugar en donde ésta había fallecido. Según el mito popular, el alma en pena de la viuda de Álzaga recorre la Iglesia llorando su trágica muerte, siendo uno de los célebres “fantasmas de Buenos Aires”.

Albina Casares escribió, muchos años después, unas supuestas cartas dirigidas al Sr. De Treville que vivía en París, en la cual narra los hechos y  que han sido la base del presente relato. Murió vieja y loca, internada en un hospicio de la ciudad de La Plata, vociferando el nombre de Enrique Ocampo.

martes, 2 de abril de 2013

LAS CORRERIAS DEL NIETO DE JUAN MONDIOLA. EL PRIMER TIRO DE LAZO


“Sombras del ayer,
con su tristeza de canción
siempre me dirán: Marión...”

¿Cómo le va tanto tiempo? No lo veo desde antes de Navidad. Me fui a Mar del Plata, de vacaciones. Ayá, Chiquitín Biaggio, tiene una casa por la zona de La Perla. Como él andaba por esos pagos, para ayí fuimos Beto Marconi, Pichón Sandoval y yo. Un poco de playa, algo de casino y mucha boite, eso si.
No. No vinieron ni Rita, ni Eugenia ni Marión ni Jimena. ¡Eso ni se pregunta mi amigo! ¿Qué es de la vida de Marión? No lo se. Eso ya pasó. Como recordará, después de la partida de cartas a la que fui con el Gordo Cascarria, al pibón lo paré en la caye, dispuesto a jugarme el todo por el todo.
Mire amigazo, las minas y los tipos somos animales distintos, tal es así que hasta pareciera que chamuyamos de manera diferente, como si estuviéramos en otra frecuencia. Las minas y los tipos pensamos de manera desigual.  Si, ya se que se cae de maduro y que no descubrí América pero, atenti, porque para, hacerle el tren a una mina, hay que junar muy bien y con calma el asunto de la diferencia. Para muchos pelafustanes, una mujer, es como bailar una milonga. Puede resultar bárbara y divertida pero ni jota entienden del asunto.  
La clave del levante está en tayarse en el bocho que tanto las minas como los tipos pensamos, sentimos y deseamos cosas diferentes. A partir de ahí, por agregación, viene todo lo demás, que luego le iré explicando en detaye.
Cuando la atajé a Marión, ayá en la caye Méjico, le dije que había perdido la biyetera en su bulín. La paica estaba a la defensiva. Me sacó escarpiendo con un seco y rotundo “No encontré nada”. A otro tipo, ese tono de voz, le hubiera hecho fruncir el siete y habría rajado de ahí como rata por tirante. Usted sabe, mi amigo, que no me falta iniciativa y arrojo; entonces, sin perder un minuto, agrandé la parada metiendo labia. Usted sabe que, para chamuyar a una mina, dispongo de verbo encendido. Ahí nomás, me acordé aqueyo que el Gordo Cascarria contó la noche anterior. Marión tenía un puesto de artesanías en Plaza Francia. La brisca hacía –hace- chucherías con alambres: yaveros, pendientes, aros, sahumerios. Biyouterí, quien dice. Entonces, le sampé que, en la biyetera extraviada, tenía dinero para comprar unos aretes destinados a una tía viejita. Afirmé que, la pelpera, estaba entre los almohadones del siyón. Me dijo Marión que podía ayudarme porque se dedicaba a fabricar esas cosas. Era evidente que la piba había  bajado la guardia. Tal es así que, me pidió que subiera al bulín para mostrarme la biyouterí y revisar el siyón a ver si aparecía mi biyetera. Fue, entonces, que exclamé para mis adentros: “El chivo cayó en el lazo”.
Ese simple y senciyo hecho me permitió hacerle bien el tren a Marión. El levante, el atraco, el arrime del bochín o como quiera Usted yamarlo tiene su estrategia y sus reglas. Sólo hay que saber emplearlas.
Con Marión pasé momentos para el recuerdo. Lo que vino después fue de locos. Las  relaciones de pareja cambian en un santiamén.
Una noche, mientras le estaba dando al bagre, cayó el Sardina Ríos. Quería tirar la puerta a patadas. Así, como estaba, me tuve que meter en el baño y esconderme detrás de la cortina de la bañera. Oía que el fulano increpaba a Marión. Gritos por allá. Gritos por acá. Puñetazos en la puerta. Quería que le cantara el nombre del que andaba con eya. Marión no se hizo  cargo de nada. Es más, ante la indigna sospecha, se puso a yorar. El ambiente estaba muy caldeado. Como el Sardina no se iba y quería entrar a donde yo estaba, opté por salir por la venta del baño. Sólo pude recuperar mis pantalones y los zapatos. Mi camisa y el saco, Marión, los tiró por la ventana de la habitación. Bajé como un pude desde el tercer piso, colgándome. ¡Como un mono! Diga que era de noche, tarde y todo el mundo apoliyaba, porque podían haberme tomado por un chorro. Paré un taxi. Dije que me habían afanado y el conductor, piadoso, me yevó hasta mi casa, en Boedo, sin cobrarme un peso.
Otra vuelta, la discusión fue conmigo. Marión gritaba como una desaforada y la ventana del patio estaba abierta. Alguien yamó a la policía. El tema es que dos botones aparecieron en la puerta del bulín preguntando qué ocurría porque los vecinos del edificio se habían quejado del griterío.
Lo más interesante era que el Sardina Ríos me pisaba los talones. Ahí había un serio problema. El tipo desconfiaba algo, me daba cuenta.
Una noche me atajó en el Café Margot y me dijo que tenía firmes sospechas sobre la existencia de un festejante de Marión. Los ojos de Ríos parecían dos brasas ardientes. A los empujones me metió en un coche y fuimos a la calle Méjico. Yo veía que el Sardina y yo nos íbamos, esa noche, a las manos. El aire se cortaba con un cuchiyo. No le digo que, al yegar, vimos muy acaramelados a Marión y a un muchacho. ¡Me quedé duro! 
El mersa que estaba ahí, a los besos y caricias con la mina, resultó ser un artesano de Plaza Francia. El Sardina se trenzó a los tortazos con el palurdo, quien a los pocos minutos salió corriendo, perdiéndose en la oscuridad de la caye.
Por mi parte, me volví silbando bajito, recordando los besos de Marión y pensando qué me depararía la Diosa Suerte el próximo fin de semana. 







Glosario.

Pibón: mujer muy atractiva.
Chamuyamos: hablamos.
Atenti: Atención.
Junar: mirar, conocer
Bulín: Piso, departamento.
Paica: Muchacha
Fruncir el siete;Asustarse.
Rajado de ahí: Escapado del lugar
agrandar la parada: Elevar la apuesta en un juego de naipes
Labia: vocabulario, aptitud para hablar mucho y bien.
Brisca: mujer
Sampar: decir
Pelpera: Billetera.
Hacerle el tren: seducir.
Levante: conquista.
Darle al bagre: Fornicar.
Apoliyar: dormir.
Chorro: ladrón.
Afanar: Robar
Botón: Agente policial.

martes, 12 de febrero de 2013

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (14va Parte)


Albina ha querido corroborar los efectos del hechizo que urdiera en la siniestra misión de San Lázaro. Para ello, Ocampo ha sido advertido que, Felicitas Guerrero, concurrirá esa misma tarde a la casa de su amiga. Allí tendrá la oportunidad que tanto ha deseado para hablarle.
La campana de San Ignacio marca las cinco. Unos pocos minutos después, el carruaje de Felicitas arriba. Todo se está dando tal cual Albina lo ha planeado. Sólo falta que llegue el impetuoso Ocampo.
Ambas amigas se saludan con el afecto, el cariño y cordialidad de siempre, pero Albina sabe que ya no hay marcha atrás. Siente que, en su interior, libremente fluyen la sangre de Tisifone, Alecto y Megera, hijas de la Noche nacidas para expiar el perjurio de los mortales.
Traición, alevosía, pecado, todo ello representa la viuda de Guerrero para la incontenible Albina. Es que Felicitas le ha robado todo lo que  ambicionaba en el mundo. Por años, le arrebató el amor de Enrique, los días de dicha, las noches de pasión, los ratos de lujuria. Todo le fue sustraído por su desleal amiga. Finalmente, ha sonado la hora de humillarla y asestarle la estocada final.
Llaman a la puerta. ¡Es Ocampo! El bravío amante no ha faltado a la cita. Felicitas empalidece al verlo entrar. Enrique irrumpe en el lugar como si el mismísimo Mefistófeles llevara su alma poseída. Desconcertada por la presencia del hombre que, para olvidarla, marchara a pelear junto a López Jordán, se mantiene impávida en la sala.
Busca con su mirada a la dueña de la casa pero está sola frente a Ocampo. Albina se ha retirado y a una señal de ésta, toda la servidumbre también ha desaparecido.
Enrique cae a sus pies. Suplica, implora. Ocampo quiere recuperarla. Le propone abandonar Buenos Aires definitivamente. París o Londres serán sus destinos. Está dispuesto a dejarlo todo. Sólo pide que Felicitas resigne su crueldad para con él. Con tribulación, recuerda las veces que le escribiera desde Montevideo sin tener una sola respuesta de su parte. Felicitas niega categóricamente los hechos. Desde que Enrique abandonara La Postrera jamás recibió carta suya. Ocampo insiste. Él le ha escrito siempre. No cree que la totalidad de la correspondencia se hubiera extraviado. Felicitas le indica que, igualmente, ya es tarde para volver al pasado. Ella habrá de casarse con Samuel Sáenz Valiente. Es la novia del estanciero y su amor por Enrique ya no existe. Ocampo quiere besarla. Felicitas lo golpea, en la cara, con una fusta. Nunca más volverá a verla, prohibiéndole además acercase a ella. Tormentosa, la novia del estanciero, abandona la casa de su amiga, reprochándole la emboscada.
Albina Casares, que ha presenciado todo desde una sala contigua, siente que ahora ha triunfado. Ayuda a Ocampo a curar su herida. Enrique ruge por un desquite. Cree que sólo ha sido un autómata sujeto a los caprichos de Felicitas. Albina lo besa. Le promete que ella misma lo auxiliará en la empresa. Enrique, desconcertado, se refugia en los brazos de la mujer.

jueves, 27 de diciembre de 2012

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (13va Parte)


 
Cae la noche sobre la pampa inhóspita. En la distancia, se recorta la silueta de un jinete. Albina Casares cabalga en su alazán con la mirada perdida en el horizonte. Aún no ha podido olvidar los sucesos del palacio Miró. ¿Cómo, Enrique, mantiene esa loca devoción por Felicitas Guerrero? ¿Qué lo impulsa a seguirla con enfermiza pasión? No puede entender los melindrosos sentimientos del hombre que ella ama desde siempre. Infructuosamente, ha intentado borrar la fatídica escena donde Ocampo, después de los golpes recibidos aquella noche, en la calle y entre sus propios brazos, llamaba en su delirio a la viuda de Álzaga.
Dispuesta a ganar la partida y aprovechando el último viaje de Felicitas a “La Postrera”, se ha sumado a éste con la idea de pedir ayuda a Ña Cupí, una vieja curandera india que vive en las proximidades de la estancia. 
Albina, con su caballo, se ha internado por el camino que la bruja le indicara. Más allá del río Salado, donde el graznido del chimango se pierde y el ulular de la lechuza reina, se alzan las ruinas de la vieja misión de San Lázaro. Allí deberá llegar y a media noche efectuar el sortilegio que sanará el corazón de Enrique Ocampo. En el derruido solar, subsisten las tumbas de los jesuitas licenciosos, quienes siglos atrás sucumbieron al placer con las indias tehuelches. Entre ellas, verdea una mágica hierba que extinguirá en Ocampo la pasión por Felicitas con solo pronunciar unas palabras al momento de arrancarla.
La luna, por algunos instantes, se esconde entre nubes amenazadoras. Albina, decidida, sigue su marcha.
Los ruidos se adueñan de la noche. Su alazán relincha.
Albina Casares atraviesa un bosque y más allá vislumbra la antigua reducción. Ha llegado al sitio que Ña Cupí le indicara. Es un lugar tétrico, solitario, misterioso. Observa la torre y su campana, vestigio de lo que otrora fue la magnífica misión. Recorre el claustro derruido y a su paso trémulo aparecen, poco a poco, las antiguas lápidas. Allí, en ese escenario, donde reinan el miedo y el espanto, debe ejecutar el extraño hechizo de amor. 
Con la ayuda de un farol, recorre los sepulcros buscando la planta milagrosa. Intempestivamente, la vieja campana de la misión marca la medianoche. El pánico invade a Albina. Llena de pavor, cae de rodillas y reza. Es el momento en que los espíritus de los misioneros jesuitas brotan de las tumbas, encendiéndose en sus pechos el fuego de sus viejas pasiones.
Los espectros rodean a la sombra de fray Ordóñez, último prior de la misión, con la idea de divertirse seduciendo a la titubeante Albina. Incubos y súcubos recorren como perros cimarrones el claustro y las tumbas. Despojándose de sus harapientos hábitos, decenas de espectros, encabezados por Ordóñez, rodean a la desesperada visitante
Albina cree que la vida la abandona. Alza plegarias, suplica, llora, pero siente que sus fuerzas irremediablemente la dejan. Ha llegado el momento de sucumbir al llamado de las infernales criaturas. Los fantasmas de los sacerdotes libertinos bailan una danza horrible y desconcertada con la esperanza de concretar la posesión de Albina. La sombra del prior la toma entre sus brazos, mientas ella, con un último aliento, arranca de una de las tumbas la planta mágica. Horrorizada y con la hierba en la mano, pronuncia las sibilinas palabras que Ña Cupí ordenara.

“De aquel corazón ingrato,

a la dueña de su amor

para siempre arrebato”

Al oírlas, los espectros regresan súbitamente a sus tumbas. Albina, asustada, monta en su alazán y se pierde en la densidad de la noche, con la idea de haber, finalmente, extinguido en Ocampo el amor por Felicitas Guerrero.

domingo, 23 de diciembre de 2012

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (12va parte)


El palacio Miró brilla en la noche porteña. A la fiesta, que en él se celebra, ha sido invitada la alta sociedad de Buenos Aires. Afuera, varios trabajadores de la zona, humildemente vestidos, observan la llegada de los invitados. En un conmovedor contraste, los asistentes descienden de sus carruajes ricamente ataviados, mientras los hombres de labor, en silencio, vislumbran esa vida de lujos, ocio y esplendor que llevan aquellos distantes aristócratas.
Albina Casares, que ha sido invitada a la gran fiesta, espera anhelante la llegada de Felicitas Guerrero. Sabe que su amiga entrará del brazo de su prometido, el estanciero Samuel Sáenz Valiente. Esta noche, Albina también confía en desengañar a Ocampo para siempre. En múltiples ocasiones ha soñado con el instante en que, Enrique y ella, pudieran amarse sin ataduras, sin el amargo valladar que le ha impuesto Felicitas todos estos largos años.
Ansiosa, Albina se ha refugiado en un saloncito del palacio. Se recuesta en un sillón de paño azul y se entrega, libre, a sus pensamientos. La pequeña orquesta, instalada en el salón principal, ejecuta una extraña melodía que acompaña sus fantasías. Sabe que esa noche dará el tiro de gracia a Ocampo. Se reconoce cruel, pero la convicción de alcanzar un esplendido futuro para ambos la lleva a tomar decisiones enérgicas.
Mientras la noche transcurre, Enrique Ocampo, enfundado en su mejor traje de gala, permanece en afuera del palacio Miró a la espera de la señal convenida. Cuando Felicitas haga su entrada, Albina agitará un blanco pañuelo desde lo alto del mirador. Enrique se impacienta. Observa su reloj de bolsillo. Hace más de media hora que espera. No ha vuelto a ver a Felicitas desde que abandonó La Postrera, entre las balas de la policía rural. Amargamente, recuerda la muerte de su leal Tadeo. Por un instante, piensa en dejarlo todo y volver con la parda Gulnara. Suficiente agua ha corrido bajo el puente y amilanarse, ahora, sería incalificable. Ocampo se recuesta en un árbol, rememorando las peripecias por las que ha pasado. Batallas junto a López Jordán, el escape en “La Sirena”, la huída de La Postrera, la muerte de Tadeo, el duelo con el Carancho, la fuga a Montevideo…
Mientras Ocampo se pierde en los recuerdos, un rumor recorre el palacio Miró. Han llegado Felicitas y Sáenz Valiente. Albina, desde el mirador del palacio, agita su pañuelo. Enrique sale de su abstracción y se encamina a la fiesta.
Dentro del magnífico palacio, trata de pasar desapercibido. Por fin, ve a Felicitas y cuando resuelve  encaminarse hacia ella, Albina lo detiene. Debe esperar una mejor ocasión para enfrentarla. Ella le ruega, le implora. La fiesta durará el tiempo suficiente para encontrar el momento oportuno y ajustar cuentas con la altiva viuda.
Ahora, es mejor permanecer en el saloncito a la espera del instante adecuado.
Alguien a Felicitas le ha comentado la presencia de Enrique en el lugar. Ella no lo ha visto. Se pregunta si Ocampo ya se ha marchado, aunque por su carácter impetuoso duda de tal decisión. Sus antiguos sentimientos se han disipado y no busca un escándalo con el apasionado Enrique.
Cristian Demaría, uno de los invitados, propone un brindis. Todos levantan la copa. Ocampo, como si fuera un fantasma, irrumpe entre los presentes alzando una copa con champagne.  “Brindo por Felicitas la mujer más hermosa de la República”, exclama. Repentinamente, Saénz Valiente reacciona al grito de “¡Esa mujer es mía!” y con un golpe de puño derriba a Enrique. Sorprendido, Ocampo, golpea a su vez al estanciero una, dos, tres, cuatro veces. Saénz Valiente cae. Felicitas intenta separarlos. Los presentes socorren a Samuel,  mientras la servidumbre apalea a Enrique para luego arrojarlo sin sentido a la calle. Albina, que ha visto toda la escena, cae desmayada en el saloncito contiguo.