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lunes, 8 de abril de 2013

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA. FINAL



I

Es el 29 de enero de 1872. El calor del verano resulta insoportable. Felicitas vuelve de comprar varias artículos para su boda. Está radiante. Ligera, se dirige a la biblioteca en su casa de la calle Larga.
Anselmo, uno de los criados de Albina Casares, la está esperando. Trae una carta para ella.  Ingresa en la biblioteca y por unos instantes Felicitas duda. Finalmente, resuelve abrirla. La carta está fechada ese mismo día.
“Querida Felicitas: Por fin he ganado la partida. Por años me robaste el afecto de Ocampo. Muy pronto, él y yo, dejaremos Buenos Aires para refugiarnos en Europa. Fui yo quien retuvo la correspondencia que, Enrique, por semanas te envió desde Montevideo. Fui yo quien delató su presencia en La Postrera. Fui yo quien urdió y ensambló cada pedacito de la compleja trama que ahora nos envuelve. No obstante, este mundo es demasiado pequeño para las dos. No habré ganado la guerra, querida amiga, si aún  revoloteas como un cóndor sobre la carroña. Esta es mi despedida final. Albina”
Felicitas Guerrero no puede dar crédito a lo que lee. Profundamente amargada, se deja caer sobre un sillón.
Repentinamente, alguien entra en la sala. Es Enrique. La furia corre por sus venas y Felicitas sabe que está perdida.



II

Un carruaje negro espera sobre la entrada de la calle Larga. Cuatro caballos, del mismo color que el coche, tiran de él. Albina los ha elegido especialmente. Como si fueran hijos de Janto y Balio, espera con alcanzar velozmente la ruta de San Isidro, después que Enrique mate a Felicitas. Cometido el crimen, Ocampo, deberá abrirse paso hasta el carruaje. Ambos huirán para siempre. Allí, en San Isidro, los aguardan para embarcar rumbo a Colonia del Sacramento y luego a Europa.
Albina está nerviosa. Con fanática paciencia ha urdido el arriesgado plan. Teme que la viuda de Guerrero no lea su carta.
Ocampo, exaltado como siempre, ha descendido del carruaje rumbo a la gran casona. Sabe que Felicitas está en ella pues la ha visto llegar, justo, un rato antes.
El calor se torna cada vez más agobiante.  En la biblioteca Felicitas Guerrero lee angustiosamente la carta que Albina le enviara. ¡Enrique jamás la había olvidado! Su antigua amiga, la querida Albina, en realidad, era su feroz rival. Apesadumbrada, se ha dejado caer en uno de los sillones. Abruptamente, la puerta de la sala se abre. Es Ocampo. Su rostro esta desfigurado por la ira y ha venido a cumplir la venganza de Albina. Felicitas procura explicar lo ocurrido. Agita la carta. Implora el perdón de Enrique. Todo cuanto hace o dice enfurece más a Ocampo. Desesperada, intenta escapar de la sala. Enrique saca un arma de su bolsillo y dispara. Felicitas cae mortalmente herida.
Enrique, atribulado, se dispone a huir. Violentamente irrumpen en el lugar, atraídos por el disparo, Cristian Demaría y el padre de Felicitas. Hay un forcejeo. Todo sucede en cuestión de minutos. Demaria toma su arma y le apunta a Ocampo. Enrique cae fulminado.
Una congoja inmensa invade la casa. Felicitas ha sido llevada a su habitación. Agoniza. Albina se ha deslizado por el lugar y recoge la carta que enviara a Felicitas. Los Guerrero levantan el cadáver de Enrique. Lo arrojan dentro del carruaje negro, ubicado sobre la calle Larga, y ordenan al cochero llevarlo al domicilio de su familia.

III
Son las diez de la noche del 29 de enero de 1872. El calor no afloja. El Dr. Modestino Pizarro ha revisado a Felicitas. La bala le ha perforado el pulmón derecho. Sabe que el fin de la joven está próximo. En su agonía Felicitas no cesa de preguntar por Enrique. Todos lloran. Finalmente, la vida de la Novia del Estanciero se extingue, entre espasmos, en las primeras horas del 30 de Enero de 1872.

IV

El día del entierro, la carroza fúnebre que llevaba a la familia de Felicitas Guerrero se cruza con la de la familia de Ocampo en la entrada del Cementerio de la Recoleta, donde hoy yacen ambos.

Sobre el hecho, dijo en su momento el Diario La Nación “El crimen de Barracas va a modificar notablemente nuestras costumbres sociales, y a producir una revolución en los salones. Deploramos el fin trágico de esa distinguida y virtuosa señora, víctima del furor de un hombre enamorado.”

Luego de los hechos, los padres de Felicitas, decidieron construir una iglesia en su honor en el mismo lugar en donde ésta había fallecido. Según el mito popular, el alma en pena de la viuda de Álzaga recorre la Iglesia llorando su trágica muerte, siendo uno de los célebres “fantasmas de Buenos Aires”.

Albina Casares escribió, muchos años después, unas supuestas cartas dirigidas al Sr. De Treville que vivía en París, en la cual narra los hechos y  que han sido la base del presente relato. Murió vieja y loca, internada en un hospicio de la ciudad de La Plata, vociferando el nombre de Enrique Ocampo.

martes, 12 de febrero de 2013

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (14va Parte)


Albina ha querido corroborar los efectos del hechizo que urdiera en la siniestra misión de San Lázaro. Para ello, Ocampo ha sido advertido que, Felicitas Guerrero, concurrirá esa misma tarde a la casa de su amiga. Allí tendrá la oportunidad que tanto ha deseado para hablarle.
La campana de San Ignacio marca las cinco. Unos pocos minutos después, el carruaje de Felicitas arriba. Todo se está dando tal cual Albina lo ha planeado. Sólo falta que llegue el impetuoso Ocampo.
Ambas amigas se saludan con el afecto, el cariño y cordialidad de siempre, pero Albina sabe que ya no hay marcha atrás. Siente que, en su interior, libremente fluyen la sangre de Tisifone, Alecto y Megera, hijas de la Noche nacidas para expiar el perjurio de los mortales.
Traición, alevosía, pecado, todo ello representa la viuda de Guerrero para la incontenible Albina. Es que Felicitas le ha robado todo lo que  ambicionaba en el mundo. Por años, le arrebató el amor de Enrique, los días de dicha, las noches de pasión, los ratos de lujuria. Todo le fue sustraído por su desleal amiga. Finalmente, ha sonado la hora de humillarla y asestarle la estocada final.
Llaman a la puerta. ¡Es Ocampo! El bravío amante no ha faltado a la cita. Felicitas empalidece al verlo entrar. Enrique irrumpe en el lugar como si el mismísimo Mefistófeles llevara su alma poseída. Desconcertada por la presencia del hombre que, para olvidarla, marchara a pelear junto a López Jordán, se mantiene impávida en la sala.
Busca con su mirada a la dueña de la casa pero está sola frente a Ocampo. Albina se ha retirado y a una señal de ésta, toda la servidumbre también ha desaparecido.
Enrique cae a sus pies. Suplica, implora. Ocampo quiere recuperarla. Le propone abandonar Buenos Aires definitivamente. París o Londres serán sus destinos. Está dispuesto a dejarlo todo. Sólo pide que Felicitas resigne su crueldad para con él. Con tribulación, recuerda las veces que le escribiera desde Montevideo sin tener una sola respuesta de su parte. Felicitas niega categóricamente los hechos. Desde que Enrique abandonara La Postrera jamás recibió carta suya. Ocampo insiste. Él le ha escrito siempre. No cree que la totalidad de la correspondencia se hubiera extraviado. Felicitas le indica que, igualmente, ya es tarde para volver al pasado. Ella habrá de casarse con Samuel Sáenz Valiente. Es la novia del estanciero y su amor por Enrique ya no existe. Ocampo quiere besarla. Felicitas lo golpea, en la cara, con una fusta. Nunca más volverá a verla, prohibiéndole además acercase a ella. Tormentosa, la novia del estanciero, abandona la casa de su amiga, reprochándole la emboscada.
Albina Casares, que ha presenciado todo desde una sala contigua, siente que ahora ha triunfado. Ayuda a Ocampo a curar su herida. Enrique ruge por un desquite. Cree que sólo ha sido un autómata sujeto a los caprichos de Felicitas. Albina lo besa. Le promete que ella misma lo auxiliará en la empresa. Enrique, desconcertado, se refugia en los brazos de la mujer.

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (12va parte)


El palacio Miró brilla en la noche porteña. A la fiesta, que en él se celebra, ha sido invitada la alta sociedad de Buenos Aires. Afuera, varios trabajadores de la zona, humildemente vestidos, observan la llegada de los invitados. En un conmovedor contraste, los asistentes descienden de sus carruajes ricamente ataviados, mientras los hombres de labor, en silencio, vislumbran esa vida de lujos, ocio y esplendor que llevan aquellos distantes aristócratas.
Albina Casares, que ha sido invitada a la gran fiesta, espera anhelante la llegada de Felicitas Guerrero. Sabe que su amiga entrará del brazo de su prometido, el estanciero Samuel Sáenz Valiente. Esta noche, Albina también confía en desengañar a Ocampo para siempre. En múltiples ocasiones ha soñado con el instante en que, Enrique y ella, pudieran amarse sin ataduras, sin el amargo valladar que le ha impuesto Felicitas todos estos largos años.
Ansiosa, Albina se ha refugiado en un saloncito del palacio. Se recuesta en un sillón de paño azul y se entrega, libre, a sus pensamientos. La pequeña orquesta, instalada en el salón principal, ejecuta una extraña melodía que acompaña sus fantasías. Sabe que esa noche dará el tiro de gracia a Ocampo. Se reconoce cruel, pero la convicción de alcanzar un esplendido futuro para ambos la lleva a tomar decisiones enérgicas.
Mientras la noche transcurre, Enrique Ocampo, enfundado en su mejor traje de gala, permanece en afuera del palacio Miró a la espera de la señal convenida. Cuando Felicitas haga su entrada, Albina agitará un blanco pañuelo desde lo alto del mirador. Enrique se impacienta. Observa su reloj de bolsillo. Hace más de media hora que espera. No ha vuelto a ver a Felicitas desde que abandonó La Postrera, entre las balas de la policía rural. Amargamente, recuerda la muerte de su leal Tadeo. Por un instante, piensa en dejarlo todo y volver con la parda Gulnara. Suficiente agua ha corrido bajo el puente y amilanarse, ahora, sería incalificable. Ocampo se recuesta en un árbol, rememorando las peripecias por las que ha pasado. Batallas junto a López Jordán, el escape en “La Sirena”, la huída de La Postrera, la muerte de Tadeo, el duelo con el Carancho, la fuga a Montevideo…
Mientras Ocampo se pierde en los recuerdos, un rumor recorre el palacio Miró. Han llegado Felicitas y Sáenz Valiente. Albina, desde el mirador del palacio, agita su pañuelo. Enrique sale de su abstracción y se encamina a la fiesta.
Dentro del magnífico palacio, trata de pasar desapercibido. Por fin, ve a Felicitas y cuando resuelve  encaminarse hacia ella, Albina lo detiene. Debe esperar una mejor ocasión para enfrentarla. Ella le ruega, le implora. La fiesta durará el tiempo suficiente para encontrar el momento oportuno y ajustar cuentas con la altiva viuda.
Ahora, es mejor permanecer en el saloncito a la espera del instante adecuado.
Alguien a Felicitas le ha comentado la presencia de Enrique en el lugar. Ella no lo ha visto. Se pregunta si Ocampo ya se ha marchado, aunque por su carácter impetuoso duda de tal decisión. Sus antiguos sentimientos se han disipado y no busca un escándalo con el apasionado Enrique.
Cristian Demaría, uno de los invitados, propone un brindis. Todos levantan la copa. Ocampo, como si fuera un fantasma, irrumpe entre los presentes alzando una copa con champagne.  “Brindo por Felicitas la mujer más hermosa de la República”, exclama. Repentinamente, Saénz Valiente reacciona al grito de “¡Esa mujer es mía!” y con un golpe de puño derriba a Enrique. Sorprendido, Ocampo, golpea a su vez al estanciero una, dos, tres, cuatro veces. Saénz Valiente cae. Felicitas intenta separarlos. Los presentes socorren a Samuel,  mientras la servidumbre apalea a Enrique para luego arrojarlo sin sentido a la calle. Albina, que ha visto toda la escena, cae desmayada en el saloncito contiguo.  

viernes, 2 de noviembre de 2012

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (1Oma parte)



La gélida noche envuelve al caserón de la estancia. La leña de quebracho crepita en el hogar. Arropada en el amplio poncho de alpaca, Felicitas escucha los relatos de Samuel. Viejas leyendas de indiadas alzadas, amores furtivos y bravías batallas recorren las tierras de “San Eugenio”, la propiedad de Sáenz Valiente. Una arrobada Felicitas sigue meticulosamente las historias que Samuel le cuenta. El recuerdo de Enrique se disipa. La figura gallarda y segura del estanciero, contrasta con esa personalidad tan impetuosa y aventurera, característica de Ocampo, a raíz de la cual ha debido transcurrir tantas vicisitudes.
A través de una amplia ventana, Samuel, señala un viejo ombú. Con bellas palabras recrea la trágica historia de Aiké, la princesa tehuelche, y el sargento Palomares, quien herido en un combate entre blandengues y tehuelches, fue rescatado por su amada y conducido a través del monte hasta el añoso ombú. Bajo su frondosa copa, los amantes fueron inmolados por la indiada rebelde sedienta de sangre, jurándose ambos pasión eterna en la vida y en la muerte.
Mientras Sáenz Valiente relata, ceba unos mates. El cedrón y la miel entremezclados en la infusión ayudan a mitigar el frío nocturno. Felicitas, junto al fuego del hogar, se emociona con aquellas historias de blandengues y tehuelches, guainas enamoradas y matreros perseguidos. Es que las palabras de Samuel la envuelven, la transportan a una realidad alejada de sus angustias e incertidumbres.
Recostado sobre el marco de la ventana, mientras matea, Samuel prosigue con sus historias. La joven viuda de Álzaga, rememora como horas antes, bajo la copiosa lluvia, el providencial Saénz Valiente, guió su carruaje hasta “San Eugenio”. Se siente atraída por su salvador. Su imaginación se tuerce en un mar de sueños y anhelos, para luego volver a una dichosa realidad entre los besos y caricias del estanciero. La pareja no puede contenerse. Entre ambos estalla  un apasionamiento repentino, extraordinario, arrollador. Es como si los dos hubieran esperado ese instante. Para Felicitas, Álzaga y Ocampo ya no importan. Son anémicos espectros de un pasado que vertiginosamente se esfuma. Saénz Valiente cree que Felicitas es su real destino y que así está escrito en el camino que trazan las estrellas. Por fin, la fría noche de San Juan, ha comenzado a consumirse en la pira de la pasión voraz de Felicitas Guerrero y Samuel Saénz Valiente.

domingo, 23 de septiembre de 2012

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (9na. Parte)

Felicitas ha resuelto volver a "La Postrera". Ha perdido toda esperanza de recibir noticia alguna de Enrique Ocampo. Ignora la suerte corrida por éste. Le es imposible comprender cómo ha podido esfumarse, sin dejar huella alguna. Ha temido por la vida de Enrique. Desde el pueblo de Biedma, recibió confusas noticias sobre el destino de Ocampo. Rafael Gutiérrez, comerciante del lugar, le ha referido la pelea que aquel mantuviera con el comandante Bedoya, en las márgenes de la laguna Chis Chis. Confía en que, la noble Albina, le traiga buenas noticias desde Montevideo...

En el amplio comedor de la casa, Felicitas pasa largas horas pensando. Ha dejado Buenos Aires con la esperanza de alcanzar una paz que, aquí, tampoco encuentra. Naukale, el capataz tehuelche de la estancia, la saca de su abtracción. Trae consigo noticias desde Dolores sobre la celebración de la Noche de San Juan. La viuda de Álzaga resuelta, le pide que preparen su carruaje negro. Ella irá a los festejos del 21 de junio. Llama a Manuel, su cochero, para que se aliste. Partirán a Dolores, después del mediodía.
A la hora convenida, el coche abandona la estancia "La Postrera". Felicitas viaja acompaña por Cayetana y Fructuosa, sus criadas que han venido con ella desde Buenos Aires.
Mientras el coche se mece, entre caminos de tierra y arboledas frondosas, las tres se dormitan.
Pasan las horas y un trueno feroz resuena. Cuando Felicitas despierta, puede obsevar que el firmamento se ha ennegrecido. Una tormenta se dibuja en el cielo. Quiere llegar a Dolores antes de que anochezca y se desate la tempestad.
Súbitamente, sopla el viento con fuerza. Un relampago siniestro ilumina el interior del carruaje. Las criadas rezan. Los caballos relinchan, se espantan. El carruje, a gran velocidad, se pierde por sinuosos caminos. Felicitas ordena a su cochero acortar la ruta por algún atajo. La lluvia comienza a caer copiosamente, dificultando el reconocimiento del terreno. Felicitas advierte que han perdido el rumbo. Pese a la tormenta, Manuel, divisa un bosque donde detenerse.
La tempestad arrecia. En la distancia, la viuda de Álzaga, logra distinguir una silueta. Es un hombre a caballo. El jinete se aproxima velozmente y su figura se hace cada vez más nítida. Felicitas y sus criadas descienden del carruaje al encuentro del extraño. Piden ayuda. Cubierto con su poncho, el desconocido, procura tranquilizar a las mujeres. "Soy Felicitas Guerro -exclama ella- y nos perdimos en nuestra marcha a Dolores". El providencial salvador se presenta: "Soy Samuel Saénz Valiente. Y Usted está en mi estancia, que es la suya". 

domingo, 9 de septiembre de 2012

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (8va parte)

Miambeee, miambee, miambeeee”… cantan los negros de Montevideo al ritmo del encrespado tambor.
Es la noche de San Juan. Vivos colores resaltan las pintorescas barriadas de la ciudad. Inmensas fogatas se ierguen en la fría noche oriental.
La chica y la bámbula se danzan sin cesar. Enrique, atiborrado de alcohol, baila frenéticamente, al compás del candombe, por la calle Yerbal. Allí, en el barrio bajo, donde la gente de mala vida se da cita, ha encontrado -al fin- un refugio seguro.
Luego de su huída de La Postrera, perseguido cual matrero a cuya cabeza se ha puesto precio,  otra vez ha cuerpeado a la muerte misma cuando, facón en mano, lucha con el Carancho Bedoya, a orillas de Chis Chis, hasta caer el milico fulminado por su bravo cuchillo.
Continúa su fuga, eludiendo las partidas que lo buscan sin descanso. En su escape, sacrifica al caballo. Prosigue a pié hasta la Estancia "La Atrevida". Oculto y exhausto, por la noche, roba un alazán joven al que bautiza “Guerrero” y ,a todo galope como alma que lleva el mismísimo Mefistófeles, enfila hacia el puerto de Ensenada.
Lugar temido, si los hay. Nido de contrabandistas, loberos y pescadores, la vieja Ensanada alberga docenas de pulperías. Allí se escucha el galés, el italiano o el portugués. En una de ellas, conocida como El Abrazo de los Buenos Licores, Ocampo permanece varios días. En el lugar tiene oportunidad de entablar amistad con el francés Duval, dueño de una balandra presta a zarpar hacia Montevideo.
Escribe tres cartas a Felicitas relatando las peripecias vividas y, junto a Guerrero, embarca al Uruguay, abordo de la Sapho, al amparo de Duval. Ocampo está a salvo, pero otra vez lejos de su amada...
La noche de San Juan chisporrotea. Enrique solloza. Ni una noticia ha tenido por meses de Felicitas.
Grita, jadea, se tambalea. El sopor del ajenjo lo domina; el tamboril de los negros y mulatos resuena en el aire violento, brutal. Ocampo, fuera de si, se pierde entre el gentío rabioso al compás de los alocados batuques . Trastabilla. Se cae. Se levanta. Sigue bailando. Tres pardas seductoras se ríen de él. Son prostitutas de un lenocinio próximo a la calle Camacuá. Lo provocan, lo incitan. Enrique va hacia ellas. Una onda de besos y caricias lo envuelven. Marchan los cuatro al lupanar.
En la penumbra, Albina observa la escena. Complacida, rompe un manojo de cartas con fiereza. En un pedacito de papel que el viento lleva puede leerse con suma nitidez : “Felicitas tu le pones el color a mis días. Enrique Ocampo”

sábado, 3 de diciembre de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (7ma Parte)


La felicidad de Ocampo en La Postrera se interrumpe abruptamente.
En el casco de la estancia resuena la ronca voz del comisario intimando su rendición. Alguien ha delatado su presencia en la estancia de la viuda de Álzaga y ahora hombres armados rodean el caserón.
Adentro, Felicitas intenta persuadir a Ocampo para que escape. Pronto volverán a estar juntos. Ella promete acudir de inmediato a Buenos Aires y gestionar su perdón.
Enrique, nervioso, se pasea por el amplio comedor con su Smith & Wesson en mano.
Tadeo avisa a su señor que ya está todo dispuesto para huir. Dos caballos aguardan en una de las caballerizas. Si salen por atrás sólo deberán evadir a tres milicos que esperan por él.
Felicitas ordena a Aparicio ayudar a Ocampo en su escape. Si es necesario deberá abrir fuego contra la milicia que, subrepticiamente, ha irrumpido en La Postrera.
Un beso profundo, una rápida caricia, son los únicos signos de la despedida de los amantes.
Ocampo y Tadeo, armados, salen al encuentro de sus captores. Aparicio, cubre la fuga disparando desde el interior de la casa.
Felicitas está asustada. Puede ver a los dos hombres escabullirse entre gritos y disparos. Una bala alcanza a Tadeo. Ayudado por Ocampo, logra montar en uno de los caballos. A galope ambos se alejan del lugar, mientras una partida de milicianos y policías intenta darle alcance. Albina, que ha presenciado toda la escena, se regocija con el fruto de su delación.
Ocampo y Tadeo han cabalgado todo el día. El fiel sirviente de Enrique está mal herido. En la costa del río Salado se han ocultado en un frondoso bosque a la espera de la noche. Mientras Ocampo maldice a su delator, la agonía de Tadeo culmina. Enrique, profundamente agobiado, se arroja sobre el cuerpo inerte se su leal criado.

domingo, 6 de noviembre de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (6ta Parte)


La desesperación no deja a Albina Casares conciliar el sueño. La insospechada llegada de Ocampo la ha sumido en un mar de sentimientos encontrados.
Una irrefrenable onda de besos y risas llega desde la habitación contigua. Allí están Enrique y Felicitas, dichosos, radiantes. Ambos libran un ardoroso combate cuerpo a cuerpo, cuyo fragor lastima a la amiga de la viuda de Guerrero.
Envuelta en su negligé de brocado azul, Albina se pasea inquieta por la habitación. Piensa. Se debate entre la furia y el dolor, entre el amor y la lealtad. Debe abandonar el papel de mujer sumisa. Por mucho tiempo ha soportado la fría ignorancia de Ocampo, pero ella se siente fiel a su amiga Felicitas y abomina traicionarla.
La alharaca de la recámara contigua por momentos le resulta comprometedora. Doliente, Albina apoya su espalda en la pared. Cierra sus ojos y muerde sus labios. Una infinita angustia la invade y se apodera de su frágil espíritu.
Cae de rodillas, sollozando en la penumbra del dormitorio. Magullada, indefensa, permanece en el piso, acurrucada, por varios minutos que le resultan eternos. Súbitamente, el silencio ocupa el sitio. Escucha algunas palabras sueltas de su amiga. “Infamia”, “castigo”, “traición”…
Toma la vela que, tímidamente, ilumina el cuarto y sale al pasillo. Se aproxima a la puerta de la recámara de Felicitas. La siente preocupada. Ocampo intenta calmarla.
Observa por el ojo de la cerradura. Distingue el cuerpo desnudo de su amiga. Felicitas está alterada y se asemeja a una fiera enjaulada. Se pasea de un lado al otro por la habitación. Agita su cabello suelto. Gesticula. Por momentos, exclama que ha ofendido la memoria de Álzaga; que lo allí sucedido llegará a los salones de Buenos Aires; que la señalarán implacablemente; que no soportará el reproche social por su nuevo amor…
Albina percibe el clásico olor al tabaco de Ocampo. A través de la estrecha cerradura no alcanza a divisarlo. Lo supone aún en la cama de jacarandá que en vida usara Don Martín y su esposa. Sin embargo, escucha su voz tratando de apaciguar el espíritu embravecido de Felicitas Guerrero.
Albina Casares continúa espiando pero la luz de la vela se filtra por debajo de la puerta de la recámara de los amantes. Ocampo lo observa. Advierte la presencia de alguien en el pasillo. Felicitas, impetuosa, abre violentamente la puerta. El estupor de ambos es absoluto: no hay nadie.
Velozmente, Albina ha regresado a su cuarto. Ahora, la voracidad de los celos se ha apoderado de ella.

viernes, 28 de octubre de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (5ta PARTE)


La noche lentamente envuelve a La Postrera.
Felicitas y Albina, sentadas a la gran mesa de caoba, aguardan que Bautista sirva la cena.
La viuda de Álzaga comenta su deseo de ir por la mañana hasta el pueblo. Debe resolver ciertas cuestiones relativas a la venta de hacienda con Pascual Benítez, un comisionista de Dolores.
Albina, atentamente, escucha las reflexiones que su amiga formula sobre la cría y venta de ganado. Admira y hasta envidia la forma de ser de Felicitas. Esa mujer, tan resuelta, tan valiente y hasta desafiante frente a esos rigurosos límites que la moral social impone, es el centro de miradas de muchos jóvenes porteños. Ni hablar de Ocampo, quien ha partido a luchar a Entre Ríos con tal de escapar a su poderoso embrujo. Albina haría lo imposible por borrar ese apasionamiento enfermizo que lo impulsa hacia Felicitas. El amor que siente por Ocampo lacera su espíritu frágil. La muerde, la desgarra en su sentir más íntimo. No conoce humana fórmula de contener los sentimientos briosos de Enrique. Simplemente, debe ahogar su pasión y soportar el dolor en una brutal soledad.
Bautista sirve una exquisita chatasca.
Las dos mujeres saborean el plato que prepara la negra Dominga, experimentada cocinera de la estancia. La brisa fresca de la noche se cuela por la ventana. Con ella llega el perfume juvenil del jazmín y el aroma cimbreante de los primeros nardos.
Repentinamente, los acordes de una guitarra y la voz quejumbrosa de un payador quiebran el silencio nocturno. Albina siente como ese cantar la desgarra. Angustiada, abandona la mesa y corre hasta la ventana con el tiránico y exclusivo deseo de vislumbrar una figura diferente a la de Ocampo. En su desesperación, tambalea. Felicitas intenta ayudarla y al aproximarse ella al ventanal, la gauchesca sombra de Enrique se muestra entre los talas.
La dicha embriaga a Ocampo. Felicitas y él se han reencontrado. Enrique, en su delirio, entona una nueva vidalita. Felicitas, arrobada, sale al jardín a su encuentro.

VIDALITA DE ENRIQUE OCAMPO

Vidalita, recuerda
este cielo pulcro y estrellado
bajo cuyo guardián manto
hoy canta un payador atormentado.

Tiempo hace que marché
a libertar una tierra ultrajada
y así por fin olvidar
los ojos negros de mi amada.

Más entre montes y cañadas
portando erguida mi tacuara
he visto una y otra vez
a la china que me embrujara.

De alborotos y entreveros
he salido siempre airoso.
Cuerpiando milicos y enganchaos
a tu ventana he llegado victorioso

Vidalita no olvides jamás
a este matrero valiente
que cansao de guerrear
piensa en ti devotamente.

domingo, 2 de octubre de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (4ta Parte)


Desde la cubierta de “La Sirena”, Ocampo otea la costa. Cada vez está más cerca de Felicitas Guerrero. Piensa en lo ocurrido durante los últimos días y en ese golpe de suerte que lo ha llevado hasta las costas de Samborombon .
Es que, después de la sorpresa de Alcaraz, él y sus tres compañeros de armas vagaron hasta la boca del Guayquiraró, en el Paraná, encontrando, providencialmente, una goleta fondeada en aquel sitio.
La hábil negociación con el capitán del barco, permitió que fueran conducidos a salvo hasta el puerto de Las Conchas. Allí, Ocampo supo que, Braulio y él, eran afanosamente perseguidos por las fuerzas Nacionales para su detención.
Fue así que, de Las Conchas, partió un marinero hacia la casa de Ocampo, en Buenos Aires, llevando correspondencia para su familia e instrucciones para el leal Tadeo.
Estas últimas eran muy claras. Requería a su sirviente viajar de inmediato, con monturas, hasta la boca del río Salado, esperarlo en aquel sitio hasta su arribo y galopar, luego con él, hasta la estancia de Felicitas.
Tres días después, La Sirena partió al amparo de una suave brisa. Navegaron por el Río de la Plata, sorteando sus peligrosos bancos; se aproximaron a Punta Ballenas y, en la distancia, fueron capaces de distinguir la lúgubre silueta de la fortaleza de Barragán. Finalmente, en la noche del 11 de febrero, entraron en la bahía de Samborombon.
Al amanecer, la nave se ha aproximado a la costa.
El capitán Twain advierte la cercanía de la boca del río Salado. Ocampo, divisa una ambarina señal desde tierra. Es el viejo y digno Tadeo, que agita un gallardete amarillo, siguiendo las instrucciones de su patrón.
Enrique se despide de Braulio y de toda la tripulación que tan generosa ha sido con él y los suyos. Podestá Peña continuará hasta Montevideo, junto con los orientales sobrevivientes de Alcaraz. Allí permanecerá, como en otras épocas, a la espera que la situación se apacigüe.
Velozmente, una chalupa conduce a Enrique a la costa.

¡Cuantos meses sin ver a su leal criado! Ya en tierra y vivamente emocionado, Ocampo abraza a Tadeo, quien lo ha esperado en el lugar convenido desde la anterior noche. Luego de la larga ausencia, el regocijo es mutuo. Antes que su mayordomo, Tadeo, es su amigo, fiel y sincero, quien muchas veces le ha mostrado el rumbo pero, ante todo, le ha brindado su valiosa ayuda cuando Enrique lo necesitaba.
Más Ocampo ya no quiere esperar. Felicitas está en La Postrera y desea ganar la estancia cuanto antes. Tadeo estima que, al caer la noche, llegarán a las tierras de la viuda de Álzaga.
Ambos montan en los zainos que el criado ha traído desde Buenos Aires. A galope, sus figuras son devoradas por la soledad de esa inconmensurable pampa agreste y cerril.

domingo, 25 de septiembre de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (3era Parte)


La batalla ha sido cruenta. Enrique y Braulio han logrado escapar de los Nacionales junto con un grupo de paisanos. En los campos de Ñaembé perecieron muchos de sus compañeros. López Jordan ha dispuesto replegarse a Entre Ríos.
La noche anterior a la batalla, Ocampo tuvo noticias de Felicitas. La esquela, había sido enviada casi dos meses atrás y fue el sargento Aparicio Quiroga quien se encargó que ella llegara a sus manos. La carta entusiasmó a Enrique, especialmente la última parte. “Recordado Ocampo, -escribía Felicitas Guerrero- pienso en Usted diariamente y en todas las privaciones por las que ha de estar pasando. Anhelante, aguardo que pronto concluya esta vesánica lucha. Mucho deseo verlo. Cuídese. No quiero perderlo. No lo soportaría…”
Reintegrado el grupo al grueso de la tropa, Ricardo López Jordan mandó a llamar a Ocampo.

La reunión duró casi una hora. Luego de transmitirle su agradecimiento por su adhesión a la causa entrerriana, de explicarle sus planes militares y políticos, el caudillo encomendó a Enrique y a Braulio Podestá Peña la misión de llegar hasta el campamento del coronel Carmelo Campos a fin de articular una nueva acción contra los nacionales.
Los dos amigos parten a la siguiente mañana, acompañados de un variopinto grupo de catorce paisanos. Dos entrerrianos, tres orientales, cinco paraguayos y cuatro brasileños. La tropa refleja la composición de la montonera jordanista.
En su marcha hacia Entre Ríos, hábilmente se escamotean entre grupos de Nacionales. Con gran peligro vadean el Guayquiraró. Finalmente, queda atrás Corrientes, hostil y adversa a la causa por la que pelean.
La noche los sorprende en las ruinas de la capilla Nuestra Señora de los Dolores, en el desolado pueblo de Alcaraz. Enrique se ha recostado a descansar sobre uno de los pilares derruidos del templo. Permanece por varios minutos con la mirada clavada en el cielo entrerriano. Transportado, avista el rostro de Felicitas Guerrero, quien lo llama al definitivo reencuentro.
Súbitamente, siente un ruido de hojas y ramas. Al instante, un grupo de Nacionales se arroja sobre el contingente jordanista. Ocampo blandiendo una tacuara, ferozmente, arremete contra los atacantes. Luego, toma su Smith & Wesson y dispara.
Superados en número, ordena replegarse hacia el arroyo cercano. Advierte que, mayormente, su tropa ha sido asesinada.
Braulio y dos orientales todavía pelean
Reagrupados los cuatro hombres, se esfuman en la espesura del monte.

lunes, 5 de septiembre de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (2da Parte)


Es el final de noviembre. La mañana está espléndida. Felicitas, bajo riguroso luto, recorre las viejas galerías de su estancia La Postrera. Ha permanecido pensativa por largo tiempo, perdiéndose su mirada entre ese enjambre mirífico de camelias, hortensias y rosas de Siria que bordean la casa.
Se recuesta en el gran sillón de mimbre y vuelve a releer la carta que recibiera el día anterior. Son noticias del estimado Ocampo, de su puño y letra. Las ha traído Tadeo desde Buenos Aires, quien viajó todo el día para cumplir el cometido que su patrón le ordenara desde Entre Ríos.

En su mente, repite una y otra vez las palabras de Enrique: “Aquí las jornadas son fatigosas pero su recuerdo, Felicitas, me espolea a seguir luchando por la libertad de esta tierra bendita, al lado de estos paisanos que lidian por una vida mejor. Sepa señora que, si las balas nacionales me derriban en la batalla, mi póstumo aliento, será para Ud.”
Las dudas en responder esa carta, repleta de palabras nobles, la asaltan. Piensa en la imagen del moribundo Álzaga que, como amenazante espectro, se yergue entre ambos. Sin embargo, no olvida el momento en que vio a Enrique por vez primera, en la ventana de su casona de la calle México o cuando, enterada de los amores del viejo Álzaga con aquella hembruela del Brasil, corrió a los brazos de Ocampo en busca de su afecto tiránico.
La alegre voz de su amiga, Albina Casares, interrumpe su ensimismamiento. Ha venido con ella desde Buenos Aires. Es que allí, en La Postrera, Felicitas se siente cómoda y poco a poco el dolor de la pérdida de sus hijos ha comenzado a ser más llevadero.
Albina quiere salir a cabalgar. Felicitas asiente. El día se muestra brillante. Ambas saldrán a recorrer la estancia. Llama a Naukale, el capataz tehuelche, y ordena que ensillen a su lobuno y otro caballo para su amiga.
A trote lento, la silueta de Albina Casares y la joven viuda de Álzaga se pierden en el horizonte, buscando las márgenes del río Salado. Mientras se alejan, Felicitas, cavila en torno a la probable respuesta que brindará a Ocampo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (1era Parte)


Corre el año de 1870. En Entre Ríos, ha estallado la rebelión de López Jordán. Justo José de Urquiza, ha muerto asesinado como parte de la asonada. La Legislatura entrerriana ha proclamado nuevo gobernador a Don Ricardo López Jordán, otrora lugarteniente del jefe muerto. La noticia se expande en Buenos Aires como reguero de pólvora. Los nacionales, a fin de aplastar el heroico levantamiento gaucho, han enviado un Ejército de Observación y un buque de guerra.
En un caserón de la calle Rivadavia, están Enrique Ocampo, Braulio Podestá Peña y José Hernández quien, incógnitamente, ha bajado a la ciudad a fin de sumar adeptos a la causa jordanista. A todas luces, la guerra es inevitable y López Jordán ha dictado un bando por el cual impone la pena capital a todo entrerriano, desde los 17 a los 50 años, que no se incorpore a las armas, en el término de cuatro días.

Enrique Ocampo, otra vez, está presto a pelear. Junto con su amigo Podestá Peña, ha luchado en Pozo de Vargas, al lado de Felipe Varela. Capturados por Taboada, fueron remitidos a Mitre, quien dispuso su inmediata libertad, marchando ambos a Montevideo. Allí han permanecido todo ese tiempo, simpatizando con la causa de los Blancos, sufriendo persecusiones, participando en reuniones secretas y demás acontecimientos políticos que los han mantenido fuera de la Argentina. Sólo han regresado a Buenos Aires ante las noticias de la rebelión jordanista.
Enrique ha visto en la lucha una fuga, un escape para el olvido. Hace tiempo, le han robado a Felicitas, su amada, su vida, su abrasador amor juvenil. Sufrió mucho cuando Don Carlos Guerrero la inmoló ante el altar de los dioses Riqueza y Fortuna. El viejo Guerrero, ambicioso, insaciable, incontenible, frenético ante el dinero urdió un acuerdo matrimonial con el vetusto terrateniente Martín de Álzaga, traficando el cuerpo y espíritu de su hija.
Ahora, ella es libre. Álzaga murió hace poco más de un mes. Sin embargo, Felicitas no desea ver a nadie. Pasa sus días recluída en su quinta de la calle Larga guardando riguroso luto, envuelta en sus recuerdos y frustraciones.
Es de noche. Se escucha el ruido de un carruaje. Suena el aldabón de la puerta de calle. Es Albina. Sigilosa, ha llegado al lugar a fin para convencer a Ocampo a desistir de la partida. Teme por la vida de Enrique. Ella lo ha amado desde que, adolescente, lo vio una tarde en el atrio de San Ignacio.
El amor de Albina Casares es tortuoso, ignoto, no correspondido. Ocampo ama fiera y ciegamente a Felicitas, aún cuando ella se casara con el viejo Álzaga.
Atribulado por la inesperada y hasta inoportuna presencia de Albina, Enrique reflexiona, recostado sobre un inmenso jacarandá. Ella ha sido, durante todos esos años, su confidente, su sostén en la hoguera en la que arden esos sentimientos por la viuda de Álzaga. Por eso, escucha sus palabras de preocupación.
Llega Hernández con noticias de los nacionales. La rebelión en Entre Ríos corre peligro. Se debe partir sin más. Los caballos esperan. Ocampo se despide abruptamente de Albina. Definitivamente, ha resuelto unirse al grupo que, esa noche, parte al campamento de López Jordán.
Sin mediar palabra, ella en soledad, desgarrada y sufriente, espera que, en el corazón de Enrique, se extinga ese amor desenfrenado, enfermizo, que siente por su entrañable amiga Felicitas y pronto corra a sus brazos.

viernes, 19 de agosto de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA


Subo hoy una nueva historia a mi bitácora. Entre todos los temas para escribir, he elegido una narración bien porteña, ocurrida hace ya muchísimo tiempo en lo que es hoy el barrio de Barracas, aquí, en Buenos Aires.
Me refiero a lo acontecido con Felicitas Guerrero de Álzaga, mujer sobre la cual se ha escrito bastante.
Recuerdo haber tomado contacto con la historia através del diario La Nación, cuando aún cursaba la escuela secundiaria.
Con el tiempo me di cuenta que era un personaje de renombre en la memoria ciudadana. En rigor de verdad, durante los últimos años, se hicieron documentales, publicaron libros y en el año 2009 también se filmó una película sobre la vida de esta joven porteña.
Tuvo su domicilio en el mismo solar donde hoy se alza la iglesia de Santa Felicitas, erigida por su familia en su honor y con motivo de su trágico fin.
De hecho, tal ha sido la trascendencia de la protagonista que, se afirma, su fantasma aún merodea el lugar. Cuentan que, todos los 30 de enero, suele enseñorearse envuelta en su vestido blanco, llorando desconsolada frente a las rejas del templo. Allí, donde alguna vez estuvo su casa. Asímismo, en las noches de tormenta, las campanas de Santa Felicitas suenan solas, sin que hasta el momento se descubriera la razón del hecho...
Para quienes no conocen la historia, diré que en 1870, Felicitas Guerrero era una joven viuda y millonaria, a punto de unir su vida a la de Samuel Sáenz Valiente, otro terrateniente de patricio apellido.
A los veinticinco años ya había pasado varios momentos duros: la imposición matrimonial por desición paterna, la soledad del campo, la muerte de sus dos pequeños hijos y el desengaño de saber que su primer esposo, el viejo Martín de Álzaga, había abandonado una familia anterior, en Brasil.
Luego de la muerte de Álzaga, Felicitas repartía sus horas entre esos campos y su casa del actual barrio de Barracas.
Se había iniciado en el flamante y próspero negocio de la ganadería y disfrutaba de la vida de campo.
En esas condiciones, no le faltaban pretendientes a la joven viuda.
Por un lado, la asediaba Enrique Ocampo, un aristócrata al que -algunos dicen- haberle dado pié durante su relación con Álzaga, en razón de haber sido un antiguo novio de la joven. Por el otro, Samuel Sáenz Valiente, un estanciero que había conocido de manera accidental en un viaje a General Madariaga y que parecería ser su verdadero amor.
Pero la tragedia habría de truncar su vida a los veintiséis años.
En efecto, faltando poco para su himeneo con Saénz Valiente, el despechado Enrique Ocampo, una tarde de enero de 1872, le descerrajó un mortal tiro en la quinta de Barracas, para luego suicidarse.
Hasta aquí la historia casi oficial, con sus lagunas y las dudas lógicas que conlleva la tradición oral.

Ahora bien, el profesor Rodolfo Lavié asevera tener en su poder una misiva escrita en 1895 de puño y letra de Albina Casares, donde se cuenta una historia diferente a la que nos ha legado tanto la tradición oral como la prensa escrita de la época. ¿Quién era Albina Casares? Pues ni más ni menos que la dilecta amiga de Felicitas Guerrero de Alzaga.
La carta la he tenido en mi poder, la he leído y he logrado escanear un par de páginas a fin de subirlas al blog, a pesar de la fragilidad del papel, y el tiempo transcurrido.
No puedo aseverar su autenticidad pero tampoco su falsedad.
Su dueño clama por lo primero, por cuanto manifiesta poseer varios papeles de puño y letra de Doña Albina.
Tomando como base de dicha carta voy a efectuar las sucesivas entradas sobre el tema.
Aqui subo, también, el enlace de youtube que contiene el trailer de la película "Felicitas" (2009)y que comentara más arriba.
Hasta pronto, como siempre.