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domingo, 2 de octubre de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (4ta Parte)


Desde la cubierta de “La Sirena”, Ocampo otea la costa. Cada vez está más cerca de Felicitas Guerrero. Piensa en lo ocurrido durante los últimos días y en ese golpe de suerte que lo ha llevado hasta las costas de Samborombon .
Es que, después de la sorpresa de Alcaraz, él y sus tres compañeros de armas vagaron hasta la boca del Guayquiraró, en el Paraná, encontrando, providencialmente, una goleta fondeada en aquel sitio.
La hábil negociación con el capitán del barco, permitió que fueran conducidos a salvo hasta el puerto de Las Conchas. Allí, Ocampo supo que, Braulio y él, eran afanosamente perseguidos por las fuerzas Nacionales para su detención.
Fue así que, de Las Conchas, partió un marinero hacia la casa de Ocampo, en Buenos Aires, llevando correspondencia para su familia e instrucciones para el leal Tadeo.
Estas últimas eran muy claras. Requería a su sirviente viajar de inmediato, con monturas, hasta la boca del río Salado, esperarlo en aquel sitio hasta su arribo y galopar, luego con él, hasta la estancia de Felicitas.
Tres días después, La Sirena partió al amparo de una suave brisa. Navegaron por el Río de la Plata, sorteando sus peligrosos bancos; se aproximaron a Punta Ballenas y, en la distancia, fueron capaces de distinguir la lúgubre silueta de la fortaleza de Barragán. Finalmente, en la noche del 11 de febrero, entraron en la bahía de Samborombon.
Al amanecer, la nave se ha aproximado a la costa.
El capitán Twain advierte la cercanía de la boca del río Salado. Ocampo, divisa una ambarina señal desde tierra. Es el viejo y digno Tadeo, que agita un gallardete amarillo, siguiendo las instrucciones de su patrón.
Enrique se despide de Braulio y de toda la tripulación que tan generosa ha sido con él y los suyos. Podestá Peña continuará hasta Montevideo, junto con los orientales sobrevivientes de Alcaraz. Allí permanecerá, como en otras épocas, a la espera que la situación se apacigüe.
Velozmente, una chalupa conduce a Enrique a la costa.

¡Cuantos meses sin ver a su leal criado! Ya en tierra y vivamente emocionado, Ocampo abraza a Tadeo, quien lo ha esperado en el lugar convenido desde la anterior noche. Luego de la larga ausencia, el regocijo es mutuo. Antes que su mayordomo, Tadeo, es su amigo, fiel y sincero, quien muchas veces le ha mostrado el rumbo pero, ante todo, le ha brindado su valiosa ayuda cuando Enrique lo necesitaba.
Más Ocampo ya no quiere esperar. Felicitas está en La Postrera y desea ganar la estancia cuanto antes. Tadeo estima que, al caer la noche, llegarán a las tierras de la viuda de Álzaga.
Ambos montan en los zainos que el criado ha traído desde Buenos Aires. A galope, sus figuras son devoradas por la soledad de esa inconmensurable pampa agreste y cerril.

domingo, 25 de septiembre de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (3era Parte)


La batalla ha sido cruenta. Enrique y Braulio han logrado escapar de los Nacionales junto con un grupo de paisanos. En los campos de Ñaembé perecieron muchos de sus compañeros. López Jordan ha dispuesto replegarse a Entre Ríos.
La noche anterior a la batalla, Ocampo tuvo noticias de Felicitas. La esquela, había sido enviada casi dos meses atrás y fue el sargento Aparicio Quiroga quien se encargó que ella llegara a sus manos. La carta entusiasmó a Enrique, especialmente la última parte. “Recordado Ocampo, -escribía Felicitas Guerrero- pienso en Usted diariamente y en todas las privaciones por las que ha de estar pasando. Anhelante, aguardo que pronto concluya esta vesánica lucha. Mucho deseo verlo. Cuídese. No quiero perderlo. No lo soportaría…”
Reintegrado el grupo al grueso de la tropa, Ricardo López Jordan mandó a llamar a Ocampo.

La reunión duró casi una hora. Luego de transmitirle su agradecimiento por su adhesión a la causa entrerriana, de explicarle sus planes militares y políticos, el caudillo encomendó a Enrique y a Braulio Podestá Peña la misión de llegar hasta el campamento del coronel Carmelo Campos a fin de articular una nueva acción contra los nacionales.
Los dos amigos parten a la siguiente mañana, acompañados de un variopinto grupo de catorce paisanos. Dos entrerrianos, tres orientales, cinco paraguayos y cuatro brasileños. La tropa refleja la composición de la montonera jordanista.
En su marcha hacia Entre Ríos, hábilmente se escamotean entre grupos de Nacionales. Con gran peligro vadean el Guayquiraró. Finalmente, queda atrás Corrientes, hostil y adversa a la causa por la que pelean.
La noche los sorprende en las ruinas de la capilla Nuestra Señora de los Dolores, en el desolado pueblo de Alcaraz. Enrique se ha recostado a descansar sobre uno de los pilares derruidos del templo. Permanece por varios minutos con la mirada clavada en el cielo entrerriano. Transportado, avista el rostro de Felicitas Guerrero, quien lo llama al definitivo reencuentro.
Súbitamente, siente un ruido de hojas y ramas. Al instante, un grupo de Nacionales se arroja sobre el contingente jordanista. Ocampo blandiendo una tacuara, ferozmente, arremete contra los atacantes. Luego, toma su Smith & Wesson y dispara.
Superados en número, ordena replegarse hacia el arroyo cercano. Advierte que, mayormente, su tropa ha sido asesinada.
Braulio y dos orientales todavía pelean
Reagrupados los cuatro hombres, se esfuman en la espesura del monte.

miércoles, 24 de agosto de 2011

LA NOVIA DEL ESTANCIERO O SEA LA NOVEL HISTORIA DE FELICITAS GUERRERO DE ÁLZAGA (1era Parte)


Corre el año de 1870. En Entre Ríos, ha estallado la rebelión de López Jordán. Justo José de Urquiza, ha muerto asesinado como parte de la asonada. La Legislatura entrerriana ha proclamado nuevo gobernador a Don Ricardo López Jordán, otrora lugarteniente del jefe muerto. La noticia se expande en Buenos Aires como reguero de pólvora. Los nacionales, a fin de aplastar el heroico levantamiento gaucho, han enviado un Ejército de Observación y un buque de guerra.
En un caserón de la calle Rivadavia, están Enrique Ocampo, Braulio Podestá Peña y José Hernández quien, incógnitamente, ha bajado a la ciudad a fin de sumar adeptos a la causa jordanista. A todas luces, la guerra es inevitable y López Jordán ha dictado un bando por el cual impone la pena capital a todo entrerriano, desde los 17 a los 50 años, que no se incorpore a las armas, en el término de cuatro días.

Enrique Ocampo, otra vez, está presto a pelear. Junto con su amigo Podestá Peña, ha luchado en Pozo de Vargas, al lado de Felipe Varela. Capturados por Taboada, fueron remitidos a Mitre, quien dispuso su inmediata libertad, marchando ambos a Montevideo. Allí han permanecido todo ese tiempo, simpatizando con la causa de los Blancos, sufriendo persecusiones, participando en reuniones secretas y demás acontecimientos políticos que los han mantenido fuera de la Argentina. Sólo han regresado a Buenos Aires ante las noticias de la rebelión jordanista.
Enrique ha visto en la lucha una fuga, un escape para el olvido. Hace tiempo, le han robado a Felicitas, su amada, su vida, su abrasador amor juvenil. Sufrió mucho cuando Don Carlos Guerrero la inmoló ante el altar de los dioses Riqueza y Fortuna. El viejo Guerrero, ambicioso, insaciable, incontenible, frenético ante el dinero urdió un acuerdo matrimonial con el vetusto terrateniente Martín de Álzaga, traficando el cuerpo y espíritu de su hija.
Ahora, ella es libre. Álzaga murió hace poco más de un mes. Sin embargo, Felicitas no desea ver a nadie. Pasa sus días recluída en su quinta de la calle Larga guardando riguroso luto, envuelta en sus recuerdos y frustraciones.
Es de noche. Se escucha el ruido de un carruaje. Suena el aldabón de la puerta de calle. Es Albina. Sigilosa, ha llegado al lugar a fin para convencer a Ocampo a desistir de la partida. Teme por la vida de Enrique. Ella lo ha amado desde que, adolescente, lo vio una tarde en el atrio de San Ignacio.
El amor de Albina Casares es tortuoso, ignoto, no correspondido. Ocampo ama fiera y ciegamente a Felicitas, aún cuando ella se casara con el viejo Álzaga.
Atribulado por la inesperada y hasta inoportuna presencia de Albina, Enrique reflexiona, recostado sobre un inmenso jacarandá. Ella ha sido, durante todos esos años, su confidente, su sostén en la hoguera en la que arden esos sentimientos por la viuda de Álzaga. Por eso, escucha sus palabras de preocupación.
Llega Hernández con noticias de los nacionales. La rebelión en Entre Ríos corre peligro. Se debe partir sin más. Los caballos esperan. Ocampo se despide abruptamente de Albina. Definitivamente, ha resuelto unirse al grupo que, esa noche, parte al campamento de López Jordán.
Sin mediar palabra, ella en soledad, desgarrada y sufriente, espera que, en el corazón de Enrique, se extinga ese amor desenfrenado, enfermizo, que siente por su entrañable amiga Felicitas y pronto corra a sus brazos.