La vida de la Casilda no había sido fácil. Allá, por 1885, cuando el ferrocarril traía a inmigrantes en busca de progreso, conoció al napolitano Enrico Giglio. Anduvieron amancebados un tiempo. En un rancho de adobe nació Camila y dos días después que Casilda diera a luz a su hija, el gringo Giglio se marchó y nadie supo más de él. Don Cornelio Casares, le dio trabajo poniéndola al frente de la casa y permitiendo que ambas vivieran en las habitaciones del fondo.
Cuando Camila cumplió 15 años, la gurisa empezó a frecuentar los bailongos que, los días de fiesta, se armaban en la pulpería del pueblo. El día que cumplió los 16, después de la siesta, Cornelio Casares vio en el jardín a la Casilda, muy alegre, cebándole unos mates a un muchacho veinteañero que, empuñando una guitarra, le cantaba a una Camila embelesada. No se quiso meter y no preguntó sobre el tema. En tanto la gurisa, todas las noches, se encaramaba en la tapia del jardín a la espera de su payador, quien al compás de su guitarra, la arrullaba con matrero cantar.
El 8 de diciembre, llegó la comunión del hijo del boticario, Anselmo Prieto. Allí fueron Casares, Casilda y Camila. Mientras Casares y Aguirre, el bibliotecario, hablaban animadamente bajo una parra, la gurisa se les acercó. La conversación, entre los tres, versó respecto de temas diversos. Finalmente, Aguirre, la interrogó sobre un próximo casamiento. Después de titubear un poco, la joven aclaró que ella aún era chica para esas cosas. Casares, intrigado, le preguntó cómo se llamaba su guitarrero, al cual no tenía visto por Carlos Keen. Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas y con una voz ahogada alcanzó a pronunciar un nombre: el de un tal Benjamín Giglio.
Entonces, al viejo Casares, un nudo se le atravesó en la garganta. En su asombro, rememorando la historia de Casilda, pensó para sí que el destino ya había jugado sus cartas.
